viernes, 2 de mayo de 2008

Lecturas con retraso II: LA FÓRMULA PREFERIDA DEL PROFESOR

Continúo con la puesta al día de mis reseñas, ahora recordando la lectura reciente de La fórmula preferida del profesor (de Yoko Ogawa), editado por FUNAMBULISTA.



"Mi hijo y yo lke llamábamos profesor. Y el profesor llamaba a mi hijo Root, porque su coronilla era tan plana como el símbolo de la raíz cuadrada".

De este modo toma supapel de narradora la protagonista de esta historia inmensa, encerrada en un envoltorio mínimo. Se trata de una asistenta japonesa, madre de un niño de diez años, que comienza a trabajar en casa de un viejo profesor de matemáticas cuya existencia cotidiana está limitada por un defecto de su herramienta más valiosa: el cerebro. La memoria del anciano no dura más de 80 minutos. Una vez transcurridos, todo vuelve a empezar para él. Sin embargo, en medio de esta limitación, su peculiar percepción del entorno y su fe en las matemáticas demostrarán que la emotividad reside en una capa mucho más profunda del ser humano, y aquí se establecerá el vínculo entre los tres personajes.

Las relaciones entre ambos están descritas con sinceridad, pero con pudor. Sin estridencias. Con elegancia y armonía, gracias a un modo de narrar que mezcla la transparencia con un arraigado sentido de la proporción. De ella apenas llegamos a conocer su nombre, su elevado sentido del deber. Su fortaleza y fragilidad. En el modo de pensar de la protagonista podemos percibir particularidades de la mentalidad japonesa en su modo de entender el trabajo, las relaciones personales, los vínculos afectivos y el papel de una mujer, madre soltera, en una sociedad conservadora. En la figura del niño anticipamos la adolescencia de un contexto que se abre, se occidentaliza y deja atrás convenciones propias de una generación anterior. El profesor, por su parte, encarna la soledad de una vejez sin memoria, y la sencillez de un fuerte talento silenciado y olvidado, al margen de lo que pueda considerarse un perfil brillante o de éxito.

Con este material se construye la novela. Su autora, YOKO OGAWA, es capaz de narrar una historia aparentemente sencilla con esta profundidad insospechada que termina por provocar empatía. El lector acaba por formar parte de este particular triángulo, por tomar partido y por defender al indefenso profesor y el marco inestable que protege su vida.

Una lectura recomendable para degustar sin prisa, dejándose implicar y convencer de que las grandes historias no siempre vienen en un envoltorio ostentoso.

2 comentarios:

Javier Cercas Rueda dijo...

Una madre soltera con un hijo de 10 años despierto y sensible asiste a un anciano solitario y enfermo con la memoria debilitada. Una historia con todas las papeletas para convertirse en sensiblera y pringosa que, sin embargo, es convertida sabiamente por la escritora en un homenaje convincente a la amistad, la generosidad y la preocupación por los demás.

Lo que realmente nos hace felices está al alcance de la mano, parece decirnos, y no tiene nada que ver con las posesiones sino con descubrir al otro y darnos. Y esto se cuenta de una manera amable, sencilla y positiva.

Pasan pocas cosas pero no aburre en ningún momento. Hay detalles de matemáticas, pero bien traídos y sin ofuscar al no especialista. El anciano tiene una autonomía de memoria de 80 minutos y se pega papeles en la chaqueta (si han visto Memento, de Christopher Nolan, pues eso), pero el amor puede traspasar hasta esa limitación, el amor de su juventud o el afecto por un niño.

Un libro que recomiendo sin ninguna reserva.

Marta Reguero dijo...

Gracias, Javier, por enriquecer esta entrada con tu opinión.
Acabo de echar un vistazo a tu blog. Tocas temas muy interesantes (el debate sobre Roth es muy jugoso). Espero seguir intercambiando ideas y reseñas. Un saludo